Las emociones no habitan solo en la mente, existen en el cuerpo, lo atraviesan, lo contraen, lo abren, lo despiertan.
Antes incluso de convertirse en “pensamiento”, son movimiento, ritmo, calor, peso.
Como escribe Jon Kabat-Zinn, el cuerpo es nuestro terreno de encuentro con la experiencia, siempre está en el momento presente, incluso cuando la mente vaga en otra parte (1).
El cuerpo está aquí, como testigo, como punto de partida, el primer umbral de la experiencia.
Cada emoción deja una huella física: un nudo en la garganta, una respiración que se acorta, un cansancio repentino, una tensión que no sabemos explicar.
El cuerpo testimonia lo que sucede dentro, incluso cuando la mente intenta ignorarlo.
Eugene Gendlin, en el Focusing, describe este saber silencioso: “Dirígete hacia dentro y descubre lo que ya está ahí, ya formado, parte de una experiencia que está ocurriendo ahora.” (2)
El cuerpo no habla con metáforas, habla a través de sensaciones.
Cada sensación es una invitación a acercarse, no a huir.
A menudo intentamos explicar una emoción en vez de sentirla.
Nos refugiamos en el análisis, en las interpretaciones, en la racionalidad.
Es una forma sutil de escape.
“Contactar” (Fritz Perls) significa permitir que la experiencia exista antes de interpretarla (3).
Es un gesto simple, pero radical, quedarse en el cuerpo, allí donde la emoción ocurre.
Cada tensión es una petición. No es una rebelión, es una señal. Un límite, una herida, una necesidad que busca espacio.
En la perspectiva de George Downing, el cuerpo es siempre parte del discurso psicológico, la postura, los micromovimientos, la respiración, todo contribuye a revelar el sentido de lo que vivimos (3).
La tensión no es un enemigo sino una carta aún cerrada que pide una lectura lenta.
Y luego hay momentos en los que no sentimos nada.
No porque la emoción no exista, sino porque es demasiado. El cuerpo se retira, deja de vibrar, deja de responder.
Albert Camus, en El extranjero (4), representa magistralmente esta desconexión, Meursault no está “sin emociones”, está abrumado por un mundo sensorial que lo desborda.
El calor que lo sofoca, la luz que lo deja ciego, el cansancio que pesa más que cualquier palabra.
El cuerpo es el lugar de su única y brutal verdad, un sentir reducido a lo esencial, casi sin significado.
La apatía, así, no es vacío, es una presencia muda.
La garganta seca, el latido mecánico, el cuerpo que sigue existiendo incluso cuando el alma se retira (4).
El cuerpo no pide ser controlado, sino escuchado.
Cada sensación es un umbral hacia algo que busca espacio.
Emoción y cuerpo no son dos mundos separados, son la misma historia contada con lenguajes distintos.
La terapia es también esto, aprender a estar con lo que sucede, dejando que el cuerpo nos conduzca hacia la verdad de la experiencia.
Bibliografia
(1) Kabat-Zinn, J. (2016) Vivere momento per momento. Come usare la saggezza del corpo e della mente per sconfiggere lo stress, il dolore, l’ansia e la malattia (Augusto Sbantena Sabbadini Trad.). Garzanti S.r.l., Milano
(2) Gendlin E.T. (2001) Focusing. Interrogare il corpo per cambiare la psiche. Astrolabio Ubaldini
(3) Perls F. (1982) La terapia gestaltica parola per parola. Astrolabio Ubaldini.
(4) Camus A. (2013) Lo straniero. Edizione Tascabile Bompiani
Imágenes en orden:
[copertina] Henri Matisse, Deux Figures, 1947 circa.
Henri Matisse, La Danse (II), 1910.
Henri Matisse, Nu bleu II, 1952.
Henri Matisse, Visage, 1940-1945 circa.
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