Cuando el sabor evoca emociones y recuerdos

 

El gusto es el sentido del encuentro más íntimo con el mundo, el acto de llevar el mundo hacia dentro de uno mismo, de decidir qué nos nutre y qué, por el contrario, debemos rechazar. Comer nunca es solo un proceso biológico; es un diálogo incesante entre nuestra historia, nuestros afectos y el presente.

Es el único sentido que requiere una verdadera incorporación, cuando probamos algo, ese pedazo de mundo deja de estar "fuera" y se convierte en "nosotros". El psicólogo Paul Rozin (1) ha explorado cómo el gusto está estrechamente unido a la identidad y a la protección del self, el placer que sentimos al comer un plato de la infancia no deriva solo de las papilas gustativas, sino del reconocimiento de una seguridad afectiva profunda.

 

En nuestra cultura, la comida es el vínculo que define la pertenencia. Comer juntos es el acto que transforma a los extraños en compañeros (del cum panis,que comparte el pan).

A menudo, un vino particular o un sabor específico no evocan solo un recuerdo, sino que hacen vibrar la emoción de toda una relación. Es lo que podríamos definir como "memoria afectiva del paladar", donde el sabor se convierte en el guardián de una amistad, de un amor, de una alianza familiar.

En terapia, observamos cómo ciertos sabores permanecen anclados a momentos de profunda complicidad, convirtiéndose en brújulas emotivas que nos dicen quiénes somos y de dónde venimos. Un trozo de tarta de manzana o el sabor del agua de mar en los labios nos transportan instantáneamente a una geografía donde hemos estado bien, hemos sido amados, protegidos.

El sabor es, por tanto, guardian de nuesra historia. Manuel Vázquez Montalbán sostenía que la memoria reside en el paladar; para su investigador Pepe Carvalho, cocinar es una forma de no olvidar quiénes somos. Este hilo se despliega hasta la Sicilia de Andrea Camilleri, donde el comisario Montalbano no come solo por hambre, sino para encontrar un orden en el caos de las pasiones humanas. El momento de la comida es un paréntesis necesario contra los pensamientos y las "camurrie" (molestias). En esos platos encontramos la gestualidad de quien ha cocinado (como la invisible pero presente Adelina), el silencio de la mesa, el disfrute del aquí y ahora y la continuidad de la vida.

In L’Io, la fame e l’aggressivitàEn El yo, el hambre y la agresión, Fritz Perls (2) ofrece una interesante reflexión, el modo en que comemos refleja el modo en que habitamos la realidad. Para sentir verdaderamente el sabor, debemos "masticar", es decir, romper la experiencia, analizarla, sentir sus texturas. Quien engulle todo entero y rápido , ya sea comida o una idea, un libro, una película..., no se nutre a sí mismo, sino que "introyecta" sin discernimiento. El hambre emocional nace a menudo aquí, buscamos en un sabor ese calor relacional que nos falta, intentando llenar con la comida un vacío que pertenece al vínculo. Saber gustar significa saborear, masticar y triturar antes de hacer nuestro aquello que el mundo nos ofrece.

Desde esta perspectiva, la mesa no es solo un lugar físico, sino un espacio terapéutico cotidiano. Reconectarse con el placer del gusto significa entonces recuperar la capacidad de recibir nutrición (no solo calórica, sino afectiva) del mundo y de los demás.

En la práctica clínica, la relación con el gusto nos revela cómo "digerimos" nuestra existencia y nuestras relaciones. A menudo usamos los sabores como anclas involuntarias, buscando en un alimento la caricia de un recuerdo para calmar una ansiedad del presente. No es un error buscar consuelo en un sabor, pero es una oportunidad perdida hacerlo sin darse cuenta.

Reconectarse con el placer del gusto significa transformar el acto mecánico de nutrirse en un acto de presencia, significa ir más despacio, permitiendo que el sabor nos cuente su historia en lugar de usarlo solo para acallar la nuestra.

Quizás, la próxima vez que comamos algo que amamos, podríamos intentar no "terminarlo" de inmediato, sino permanecer en ese contacto, sentir la textura, la temperatura, la emoción que aflora. Es en este espacio de escucha, entre el bocado y la deglución, donde dejamos de ser consumidores de comida y volvemos a ser creadores de nuestra propia experiencia.

Bibliografia

(1) Rozin, P. (1996). The Socio-Cultural Context of Eating and Food Choice. In “Food Choice, Acceptance and Consumption”. Springer Nature Link
(2) Perls F. [1947] L’Io, la famme e l’aggressività, (Trad. ita 1995), Franco Angeli, Milano. 

Imágenes en orden:

[copertina] Pierre-Auguste Renoir, Chez l’Antiquaire (noto anche come Le Déjeuner), 1875

Pierre-Auguste Renoir, Le Déjeuner des canotiers, 1880-1881.

Pierre-Auguste Renoir, La Fin du déjeuner, 1879.

Pierre-Auguste Renoir, Le Déjeuner au bord de la rivière, (noto anche come Le Déjeuner chez Fournaise), circa 1875.

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