Somos música cuando la melodía se hace emoción

«...mientras ella dura, vosotros mismos sois la música»
T. S. Eliot (1) 

La música posee la capacidad de hacer resonar nuestras emociones, de hacernos vibrar incluso antes de interrogar a la mente: ¿qué canción es?, ¿dónde la hemos escuchado?

Como ha profundizado el psicólogo y violinista Stefan Koelsch (2), la escucha activa una compleja red cerebral che va mucho más allá de las áreas auditivas; involucra la amígdala y el hipocampo, evocando emociones "precognitivas" que afloran antes de que podamos darles un nombre. A través de esta sinergia entre sonido y biología, la música activa circuitos ligados al placer y a la memoria, transformándose en sentimiento allí donde el lenguaje vacila o se muestra titubeante.

Esta correspondencia no es casual. Según Susanne Langer (3), la música es "isomorfa" a los modelos dinámicos de los sentimientos humanos, reproduce la fenomenología de nuestra vida interior, calca sus tensiones, sus pausas y sus resoluciones.

Es un correlato sonoro capaz de articular aquellas formas del sentir que la palabra no logra contener. En este espejo acústico podemos encontrar la imagen de nuestros rasgos más íntimos, tal como sugería el Monsieur Swann de Proust (4) ante su amada Sonata de Vinteuil:

«En el fondo es bastante bonito, ¿no le parece? Que el sonido pueda reflejar como el agua, como un espejo».

En terapia, esta función de espejo se convierte en una herramienta de sanación extraordinaria. Hay momentos en los que nuestra música interior parece haberse olvidado, o aparece transformada en la cacofonía de una ansiedad que ha perdido su centro. Sin embargo, como ha explicado Oliver Sacks (5 y 6), la musicalidad del ser es uno de los rastros más tenaces de nuestra identidad; sobrevive a la pérdida de la memoria y de la coordinación, permaneciendo como un núcleo pulsante listo para ser reactivado. Sacks describe el caso de un paciente que ya no lograba reconocer una flor o el rostro de su esposa, pero que era capaz de realizar cada gesto cotidiano siempre que estuviera tarareando una canción:

«Lo hace todo canturreando. Pero si se le interrumpe y pierde el hilo, se bloquea [...] No logra hacer nada si no lo transforma en una melodía»..

Para este hombre, la música era la única trama capaz de mantener unidos los fragmentos de una identidad que, de otro modo, estaría dispersa.

Reconectarse con el propio ritmo significa dejar de ser espectadores pasivos del propio malestar para volver a ser ejecutores de la propia existencia. En este proceso, el terapeuta actúa como un instrumento que debe ser cuidadosamente "afinado" para entrar en sintonía con el mundo del cliente. Como sugiere la perspectiva de Carl Rogers, no se trata de interpretar la melodía del otro, sino de funcionar como una caja de resonancia, un espejo sonoro que permite a la persona escucharse de nuevo, encontrar su propia tonalidad auténtica y volver a fluir de manera armoniosa. La palabra terapéutica, entonces, sirve para afinar el instrumento y permitir que esa música que somos nosotros mismos pueda, finalmente, volver a sonar.

Bibliografia

(1) Eliot, T. S. (1943). Quattro Quartetti. Bonpiani, 2022.

(2) Koelsch, S. (2018). Investigating the Neural Encoding of Emotion with Music. Neuron, Volume 98, Issue 6.

(3) Langer, S. (1942). Philosophy in a New Key. A study in the symbolism of reason, rite, and art. A mentor book, Published by The new American Library, 1954.

(4) Proust, M. (1913). A la busca del tiempo perdido I. Por la parte de Swann. Edición de Mauro Armiño, Valdemar clàsicos. 

(5) Sacks, O. (1985).El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Anagrama, 2008.

(6) Sacks, O. (2007) Musicofilia, Adelphi 2008.

 

Imágenes en orden:

Vassily Kandinsky, Sans Titre, 1934 [copertina] 

Vassily Kandinsky, Komposition VIII, 1923.

Vassily Kandinsky Auf Weiß II, 1923.

Vassily Kandinsky, Einige Kreise, 1926

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