Quando el olor precede al pensamiento,
la emoción que no sabe mentir


El olfato es el único sentido al que no podemos cerrarle la puerta. Podemos desviar la mirada, taparnos los oídos, rechazar un contacto, pero mientras respiremos, estamos obligados a sentir; el olor entra en nosotros con el aire, se convierte en emoción y memoria sin pedirnos permiso.

Mientras que la vista y el oído son sentidos que pasan a través del filtro del tálamo (la centralita lógica de nuestro cerebro), el olfato recorre un camino distinto, golpea directamente la amígdala y el hipocampo, las sedes de la emoción y de la memoria más arcaica. La psicóloga Rachel Herz (1) describe esta conexión como privilegiada; los recuerdos evocados por los olores no son simples datos informativos, son "viajes en el tiempo". No recordamos un perfume, revivimos un momento, una sensación, un episodio. Es un conocimiento que ocurre en el cuerpo incluso antes de que la mente logre encontrarle un nombre, una verdad que no necesita explicaciones para ser real.

Jean-Paul Sartre (2) veía en el olor "una evaporación del ser". Para él, el olor de un objeto o de una persona es su esencia que se vuelve sutil, que renuncia a su forma sólida para penetrar en nosotros. Oler al otro significa acogerlo dentro de nosotros. Es un acto de intimidad extrema y, a veces, de invasión.

El olor nos advierte, nos guía, nos repele; es nuestro primer límite existencial. Nuestra nariz, junto con nuestra piel, son los centinelas que nos dicen, antes que la razón, si un ambiente o un vínculo son "nutritivos" o "tóxicos".

A menudo buscamos en los recuerdos olfativos la reafirmación del pasado, esa "cápsula del tiempo" que nos devuelve una infancia olvidada; a veces, en cambio, los olores nos secuestran llevándonos a una realidad que queremos evitar, como escribía Marcel Proust (3), maestro de las emociones: "Aquella detestada escalera por la que subía siempre con tanta tristeza, emanaba un olor a barniz que de alguna manera había absorbido, fijado, aquella especie particular de pena que sentía cada noche, haciéndola quizá aún más cruel para mi sensibilidad porque, bajo esa forma olfativa, mi inteligencia ya no podía participar en ella".

Precisamente esta imposibilidad de la inteligencia para "participar" convierte al olfato en un instrumento de análisis tan potente. Lo saben bien los "narices" che trabajan sobre la memoria, como Meo Fusciuni (Giuseppe Imprezzabile), quien define el perfume no como un cosmético, sino como una investigación antropológica y poética, una forma de dar cuerpo a lo invisible y detener el tiempo que huye. O como Jean-Claude Ellena, para quien crear un aroma significa "escribir una emoción", construyendo un puente entre el mundo externo y nuestro paisaje interior.

En la práctica clínica, el olor es lo que nos devuelve al presente. Un olor repentino puede destapar un dolor sepultado o una alegría que creíamos perdida, no como un relato, sino como una presencia viva. Reconocer lo que sentimos es un acto de escucha; hace falta el valor de permanecer en ese respiro que nos sacude.

Para empezar a conocernos de verdad, quizás deberíamos dejar de preguntarnos qué "pensamos" de una situación y empezar a preguntarnos: ¿qué olor tiene, para nosotros, esta verdad?

Bibliografia

(1) Herz, R. (2008). The scent of desire: Discovering our enigmatic sense of smell. William Morrow Paperbacks.
(2) Sartre, J.P.  [1943]. L’essere e il nulla. (Trad. Giuseppe Del Bo). Il Saggiatore (2023)
(3) Proust, M. [1913]. A la busca del tiempo perdido I, Por la parte de Swann, Ediciòn de Mauro Armiño, Valdemar/clàsicos (2000)

Imágenes en orden:

[copertina] Gustav Klimt, Die Hoffnung II, 1907, 1908.

Gustav Klimt, Dame mit Fächer, 1917-1918

Gustav Klimt, Die Jungfrau (dettaglio), 1913

Gustav Klimt, Die drei Lebensalter der Frau, 1905

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