
Patologizar el mal es una ilusión reconfortante. Existe una forma de alivio, casi una "tranquilidad", en relegar el mal a una categoría que no nos pertenece. Cuando miramos las imágenes de Núremberg o leemos sobre los horrores de la guerra, nuestra primera reacción es patologizar al culpable.
Al decir "era un loco", "era un monstruo" o "era un sádico", buscamos un fallo biológico que lo convierta en alguien radicalmente distinto a nosotros. Es una reacción tranquilizadora: si el mal es una patología, nosotros (que nos consideramos sanos) somos inmunes al virus de la crueldad; estamos a salvo.
Sin embargo, esta tendencia a patologizar el mal esconde una insidia peligrosa. No solo alimenta el estigma hacia quienes realmente viven con un sufrimiento mental (confundiendo el trastorno con la maldad), sino que funciona, sobre todo, como un refugio ético. Definir el horror como "enfermedad" nos exime de la autoexploración.
Nos permite no preguntarnos nunca: “¿Cómo actuaría mi mente si las circunstancias, el terror o la manipulación colectiva escribieran de repente las reglas de mi mundo?”
Como sugería el filósofo R.G. Collingwood cuya frase cierra la película:"The only clue to what man can do is what man has done""El único indicio de lo que el hombre puede hacer es lo que el hombre ha hecho" (1) la naturaleza humana no es un dato fijo, sino un proceso histórico.
El hombre se crea a través de la historia. No podemos juzgar una acción sin reconstruir el sistema de creencias de aquel momento. Proyectar nuestros valores actuales y nuestra seguridad sobre quienes vivían en un contexto de terror y fanatismo es un error de perspectiva, no sabemos cómo sería nuestra conducta si estuviéramos inmersos en esas mismas "circunstancias tóxicas", en un entorno que devora la voluntad del individuo.
Si dejamos de mirar a los protagonistas de Nùremberg como "locos" y empezamos a verlos como seres humanos que eligieron habitar una lógica monstruosa, la lección se vuelve mucho más incómoda, pero terriblemente necesaria.
Los testimonios de quienes vivieron el horror en primera persona confirman esta tesis. En El camino de regreso, Erich Maria Remarque (2) describe a soldados que, al volver a la "normalidad", se sienten divididos por un muro respecto a los civiles. Para ellos, matar se había convertido en parte de una lógica coherente de supervivencia, un pensamiento que quien se sienta al calor de una chimenea no puede ni siquiera imaginar.
Aún más crudo es el diario de Marta Hillers (Una mujer en Berlín) (3). Su narración muestra cómo la violación colectiva, el hambre y la invasión obligan al ser humano a una "robotización" de la existencia.
La moral de la paz desaparece, sustituida por nuevas reglas dictadas por una situación extrema. No hay una “follia biológica” en estas adaptaciones, sino una lógica coherente que nace de premisas trágicamente erróneas en una normalidad espantosa.
Los experimentos de Stanley Milgram sobre el "Estado Eteronómico" (la obediencia a la autoridad) y de Philip Zimbardo sobre el "l’Effetto Lucifero" han dado una base científica a estas intuiciones. Demostraron que personas "terriblemente normales" pueden cometer actos atroces si se las inserta en un determinado contexto jerárquico o en un rol de poder.
Es lo que Hannah Arendt (4) definió como "La banalidad del mal" al observar a Adolf Eichmann. Los psiquiatras lo declararon "ideal" en su relación con su familia. Esta es la verdad más difícil de aceptar: la humanidad de un buen padre no excluye su capacidad de organizar un exterminio. Ambas dimensiones pueden coexistir en el mismo individuo, dependiendo de qué circunstancias se activen.
Reconocer que el mal es una posibilidad latente en cada uno de nosotros no significa justificarlo, sino aprender a reconocer las "señales de alarma". Como sugería Viktor Frankl, el hombre es el ser que decide lo que es, pero esa decisión está siempre en un equilibrio precario con el mundo que lo rodea. Como susurraba Mefistófeles a Fausto: "Du glaubst zu schieben, und du wirst geschoben" (Crees que empujas, pero eres empujado). (6)
Estudiar y conocer la historia, por tanto, no sirve para condenar a los "monstruos" del pasado para sentirnos mejores, sino para vigilarnos a nosotros mismos. Porque si es cierto que el hombre es lo que ha hecho, entonces nuestra única defensa es la conciencia de cuán delgado es el hilo que nos separa del abismo.
Bibliografia
(1) Collingwood, R.G. [1946], The Idea of History , Martino Fine Books (2014).
(2) Remarque, E.M. [1931] El camino de regreso, Neri Pozza, Vicenza (2014).
(3) Anonima, [1954] Una donna a Berlino Diario, 20 aprile – 22 giugno 1945. Gli stupri di guerra dell’Armata Rossa nella testimonianza di una giovane berlinese. (Letizia Fuchs-Vidotto Trad. Ita). Italia Storica (2021).
(4) Arendt H. [1946], La banalidad del mal. Eichmann a Gerusalemme, Universale Economica Feltrinelli saggi (2021)
(5) Frankl V.[1946], El hombre en busca de sentido, Herder Editorial SL, Barcelona (2020)
(6) Goethe, J. W. [ 1808] Faust, (G. Manacorda, Trad.). Milano: Rizzoli. (2005)
Imágenes en orden:
[portada] Salvador Dali, Niño geopolítico contemplando el nacimiento del hombre nuevo, 1943
Salvador Dalì, Le Visage de la guerre (1940).
Salvador Dalì, Canibalismo de otoño, 1936
Salvador Dalì, Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la guerra civil), 1936
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